Leyenda corta del muerto viviente

– ¡Él no está muerto. Él no está muerto!

Eran las palabras que gritaba el ama de llaves mientras la gente de los servicios funerarios envolvía a Melquiades.

leyendas cortas

– Joven René, no permita que se lleven a su padre al velatorio.

– Calla mujer, todos estamos consternados pero desafortunadamente hoy fue el día en que mi padre exhaló su último aliento y nada podemos hacer contra eso. Algunos dicen que es ley de vida: nacer, crecer y morir. Replicó el hijo del occiso con cierto desdén.

La verdad es que había algo raro en toda esta situación, pues esa mañana don Melquiades inclusive bromeó con la servidumbre y de acuerdo a lo que decían sus médicos, el octogenario había respondido favorablemente al tratamiento con lo que se esperaba que pronto se restableciera por completo.

Sin embargo, después de una breve charla que sostuvo con su único heredero, sus signos empeoraron y le sobrevino un paro respiratorio.

En la sala de velación, no había nadie más que su vástago, la mujer de éste y doña Azucena, el ama de llaves y enfermera que por más de una década había cuidado del viejo.

En un par de horas él fue trasladado al cementerio con el propósito de que fuera enterrado. No obstante, esa noche, Azucena tuvo una pesadilla en la que sueño que su patrón había sido enterrado vivo.

Despertando sobresaltada llamó a la policía para contarle la serie de acontecimientos extraños que habían ocurrido el día anterior. Uno de los investigadores recordó una leyenda corta de espanto en la que una señora acaudalada había sido sedada para hacerla pasar por muerta para que los beneficiarios de su testamento pudieran cobrar la herencia sin tener que aguardar que ella muriera de causas naturales.

El delegado extendió una orden para que el cuerpo fuera exhumado y cuál sería la sorpresa de las autoridades al descubrir que el interior de la tapa del ataúd estaba lleno de sangre y donde Melquiades tenía las manos y uñas destrozadas, signo inequívoco de que aún estaba vivo cuando fue enterrado.

Hoy su hijo permanece en la penitenciaría, mientras que doña Azucena vive gracias a la modesta pensión que don Melquiades le dejó en su testamento.